DIOS NO SE REVELA NI SE ESCONDE

01/07/2020
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Fray Marcos Rodríguez, OP

[Mateo 11, 25-30]

Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir el texto es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios



En este evangelio hay tres párrafos bien definidos. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero, hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. Los tres manifiestan aspectos esenciales del mensaje de Jesús. En la primera comunidad cristiana todos eran personas sencillas, que no podían gloriarse de nada y buscaban ser acogidas y guiadas.

“Te doy gracias, Padre, porque…”

Lo importante no es la acción de gracias en sí sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios. Los engreídos, los soberbios, los sabios tienen capacidad para crearse su propio dios. Los “sabios y entendidos” eran los especialistas de la Ley. Su pretendido conocimiento de Dios les daba derecho a sentirse seguros, poseedores de la verdad. No tenían nada que aprender pero eran los únicos que podían enseñar.

¿Quiénes eran los sencillos? Aquellos a los que se les había negado la capacidad de razonamientos y de la mínima preparación para desplegarla. En todos descubrimos la ausencia de cálculo, la falta de doblez o segundas intenciones. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley, y por lo tanto no podían cumplirla. Los sencillos eran los “sin voz”, “la gente de la tierra”. Según dice el Papa Francisco, los descartados.

“Estas cosas” son las experiencias de Dios que Jesús vivió y que nos quiere transmitir

No se trata de conocimiento intelectual sino de experiencia profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don, que no se niega a nadie. El error de nuestra teología, fue creer que conocíamos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, ya sabíamos lo que era Jesús. El texto nos dice que la única manera de conocer a Dios es aproximarnos a Jesús, haciendo nuestra la experiencia de Dios que él tuvo.

Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré

La imagen del yugo se aplicaba a la Ley que, tal como la imponían los fariseos, era ciertamente insoportable. La persona desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5,000 prescripciones, además de las tradiciones que eran innumerables y sumían a la gente en la imposibilidad de cumplirlas. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. Jesús dice lo contrario: “El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”. Una de las principales tareas de Jesús es liberar de las ataduras religiosas.

Mi yugo es llevadero y mi carga ligera

Jesús libera de los yugos y las cargas que oprimen a la persona y le impiden ser ella misma. No propone una vida sin esfuerzo; sería engañar a quien tiene experiencia de las dificultades propias de la existencia. Sin esfuerzo no hay verdadera vida humana. No es el trabajo exigente lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a la plenitud. Todo lo que hagamos a favor del humano se convertirá en felicidad porque traerá plenitud.

Jesús propone un “yugo”, pero no de opresión, que vaya contra la persona, sino para desplegar todas sus posibilidades de ser más humano. Jesús quiere ayudar al ser humano a desplegar su ser sin opresiones. El yugo y la carga serían como el peso de las alas para el ave. Las alas tienen su peso, pero si se las quitan, ¿con qué volará? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones son las que nos permiten avanzar hacia la meta.

No hemos hecho caso a este mensaje del evangelio (buena noticia). En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó este evangelio. Nunca se ha reconocido que a Dios lo pueda experimentar la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que dice Jesús, que no nos lo hemos creído. Dios no comparte el conocimiento, sino su misma Vida.

Si la gente sencilla es la que acepta a Dios, ¿Qué cauces encontramos en nuestra institución para que el evangelio sea escuchado? ¿No estamos haciendo el ridículo cuando seguimos siendo guiados por los “sabios y entendidos” que se escuchan más a sí mismos que a Dios? A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión, la dependencia es casi absoluta, hasta el punto de prohibirnos pensar por nuestra cuenta. Recordamos la frase del catecismo: “doctores tiene la Iglesia que les sabrán responder”.

Jesús no propone una religión más o menos exigente. Esto sería tergiversar el mensaje. Jesús no propone una religión. Propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda es la que puede dar sentido a la existencia de todas las personas de cualquier condición. Todo lo que nos lleve a plenitud, será ligero. Pero este camino de sencillez no es fácil.

Los cansados y agobiados eran los que intentaban cumplir la Ley, pero fracasaban en el intento. De esas conciencias atormentadas abusaban los eruditos para someterlos y oprimirlos. No ha cambiado mucho desde entonces. Los entendidos de todos los tiempos siguen abusando de los que no lo son y tratando de convencerles de que tienen que hacerles caso en nombre de Dios. Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Hoy ningún jerarca repetiría esas palabras, pero en la práctica, muchos actúan desde esa perspectiva.

Descubramos en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad, etc. Los predicadores seguimos imponiendo pesados fardos sobre las espaldas de los fieles. Nuestro anuncio no es liberador. Seguimos confiando más en los conocimientos teológicos, en el cumplimiento de unas normas morales y en la práctica de unos ritos, que en la sencillez de sabernos en Dios. Seguimos proponiendo como meta la “Ley”, no la Vida.

La gran carencia de nuestra comunidad hoy es la falta de experiencia interior. Pero esa situación nunca se podrá superar insistiendo en la doctrina, condenando a los que se atreven a discrepar de la doctrina oficial o imponiendo documentos que tratan de zanjar cuestiones discutibles. Lo que hay que enseñar a los cristianos es a vivir la experiencia del Dios de Jesús. Solo ahí encontraremos la liberación de toda opresión. Solo teniendo la misma vivencia de Jesús, descubriremos la libertad para ser nosotros mismos.

Meditación
Jesús conoce al Dios interior y nos lo puede revelar.
Debemos buscarlo en lo hondo de nuestro ser
y aceptar ese Dios como el único que puede liberarnos.
Todo dios que venga de otra parte será opresor.
Mientras más agobiados nos sintamos,
más necesitamos al Dios de Jesús que es el nuestro.

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